Catarsis

 

A veces nos acomodamos en un lugar, ya sea físico, mental o espiritual. Lo hacemos y desde esa posición a veces nos cuesta ver más allá o sin darnos cuenta limitamos nuestro yo por un asiento en primera fila en la zona de confort. Esto me pasa a mí, a la vecina de abajo y seguro que a ti te pasa o te ha pasado. Puede suceder que el universo y puede que también los dioses tengan otros planes para ti, entonces llega una catarsis disfrazada de enfermedad, de reto, puede que de la mano de otra persona incluso… El empujón del cambio puede tomar varias formas pero llegue como llegue, tiene una misión clara: Tirarte de tu cómoda silla para que al menos desde el suelo tu ángulo de visión y percepción de tu realidad cambien. A veces el golpe es tan duro que mientras estás en el suelo muerto de dolor aún no ves nada, precisamente porque duele y el dolor es una distracción que aún no te deja ver, ojo, pero es solo parte del plan. Luego llega la parte en que tienes que intentar buscar una manera de levantarte.

 

Y buscando empiezan a llegar píldoras de asistencia, señales que apuntan a lugares puede que inesperados. Nuevos caminos que se abren y que tienes que seguir. Si, desde tu entrega genuina al espíritu y al servicio hacia los dioses. Y a veces no hay sutilezas, a veces el mismo cielo se abre y baja un dios que te coge del cuello como un gato pequeño y te suelta allí donde tienes que estar y solo te queda una opción: Aceptar. Y si, está claro que desde tu libre albedrío puedes ignorar las señales, pero si te has entregado a los dioses y ellos te quieren para sí o desean algo de ti, la resistencia como decía arriba es mucho peor que la rendición a los designios divinos y creerme, la recompensa por servir a los Dioses no tiene precio humano.

 

Tengo que admitir que no siempre he escuchado, me ha costado aceptar el llamado de un dios o una diosa, no por falta de respeto, a veces por el simple hecho de no quererme creer que me estaban llamando a mí, precisamente a mi sin entender porque. Y se van sucediendo las señales, los empujones divinos, a veces tan fuerte que literalmente te ves con las maletas en la mano y diciendo adiós a muchas cosas para seguir a los dioses allá donde te quieren, lejos y no solo para unos días. Y tras el caos y la catarsis va llegando la paz, el sentirse sostenida y los regalos a tu entrega. Porque dar un salto de fe de ese tamaño, aunque no fácil, al estar guiado por el espíritu sabes que hay una especie de red invisible para sostenerte en caso que te flaqueen las fuerzas encima del alambre. Una red que se va tejiendo a medida que avanzas siguiendo el llamado.

 

Porque la vida de una sacerdotisa también es sacrificio. Hay gente que piensa que ser una sacerdotisa es algo glamuroso, puede que piensen que el título viene con una capa de armiño o piel de tigre, un chalet y Audi. Ser una sacerdotisa es dar y recibir, entrega, dejar atrás, a veces caerse, levantarse. Nadie dijo que sea fácil, pero siempre hay que seguir caminando y si te guian los Dioses mejor que mejor… 

 

(Extracto de mi libro las Sandalias Invisibles, en preparación)

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Comentarios: 2
  • #1

    Mariauxi Márquez (jueves, 28 noviembre 2019 09:18)

    Que hermoso, los Dioses nos guían, acompañan y prueban pero también forma parte de la vida misma y del trabajo interior de conciencia del ciclo de vida, muerte y renacimiento constante. Un abrazo y bendiciones �

  • #2

    Gloria Leyva (domingo, 01 diciembre 2019 13:53)

    Gracias por compartir y recordarnos el buscar el “para que” y estar atentos a las señales. Te deseo lo mejor de lo mejor siempre para ti.